Travesía de los Fuertes del Fin del Mundo: mi primera travesía trasandina

Cuatro días de kayak por el río Cruces, Río Valdivia y la bahía de Niebla, entre humedales, fuertes, pueblos, encuentros y una historia de lucha por la protección de un ecosistema.

Hay travesías que, por algún motivo, quedan guardadas en un lugar especial de la memoria.

Para mí, la Travesía de los Fuertes del Fin del Mundo es una de ellas.

Fue mi primera travesía trasandina. La primera vez que crucé la cordillera para embarcarme en una aventura de varios días en kayak y, quizás por eso, todo lo que sucedió alrededor de esos días tuvo un sabor especial.

Pero también pude darme cuenta que esa travesía no fue solamente una oportunidad para conocer nuevos paisajes y navegar por un territorio diferente.

Fue también una manera de acercarme a la historia de un lugar que ha tenido que luchar para proteger sus humedales y su biodiversidad.

Y, especialmente, para proteger a sus emblemáticos cisnes de cuello negro.


¿Y si voy?

Ya había averiguado con Alex, uno de los organizadores. Le había pedido información sobre la travesía.

Pero la posibilidad concreta apareció cuando él dio a conocer en un grupo de WhatsApp de kayak que los argentinos teníamos bonificada la inscripción.

Y pensé:

¡Tengo que ir!

El problema era que yo estaba sin auto.

Así que tiré la propuesta en el grupo de KV para ver si alguien quería compartir el viaje y los gastos.

Se contactó Javier.

Antes de decidirnos, hicimos una salida por el lago Gutiérrez para conocernos antes de viajar juntos.

Después se sumó Fernando (Pico) y finalmente viajamos los tres en su camioneta, llevando los tres kayaks.

Y así comenzó esta aventura.


Antes de embarcar

7 de diciembre · San José de Mariquina, Chile

Aquí estoy, cumpliendo un sueño.

Llegamos al lugar de encuentro, un fundo muy lindo atendido por Marina, que nos recibió con una enorme calidez y nos mostró el lugar.

Y ahí apareció también uno de esos pequeños detalles que hacen que un viaje empiece a sentirse especial: nos convidó una sopa rusa, la sopa borsch, que sumó sabores completamente inexplorados a esta experiencia.

Nos inscribimos y recibimos la remera.

Durante las actividades de la inscripción tuvimos una charla sobre el territorio que estábamos a punto de recorrer y sobre la historia de la lucha del pueblo valdiviano por la protección de sus humedales.

Hasta ese momento, para mí, el río Cruces era principalmente el lugar por donde íbamos a navegar.

Después de esa charla, empezó a ser también un lugar con historia.


El río, los humedales y los cisnes

El territorio que rodea al río Cruces forma parte de un sistema de humedales de enorme importancia ecológica. Allí se encuentra el Santuario de la Naturaleza Río Cruces y Chorocamayo – Sitio Ramsar Carlos Anwandter, reconocido como el primer humedal de importancia internacional de Chile. El cisne de cuello negro es una de sus especies emblemáticas.

Y había una razón muy fuerte para que la protección de este lugar estuviera tan presente en la conversación.

En 2004, el humedal sufrió una alteración ambiental muy importante. Se produjo una mortandad y emigración de cisnes de cuello negro y desapareció gran parte del luchecillo, una planta acuática que constituía una de sus principales fuentes de alimento.

La crisis generó una fuerte movilización ciudadana en Valdivia.

Los estudios realizados posteriormente vincularon el deterioro del ecosistema con los residuos industriales de la planta de celulosa Valdivia, de Celulosa Arauco y Constitución, instalada aguas arriba del humedal. El caso dio lugar también a acciones judiciales y a distintas medidas de monitoreo y recuperación.

La charla que escuchamos ese día me hizo mirar de otra manera todo lo que vendría después.

Al día siguiente, cuando comenzamos a navegar y aparecieron los primeros cisnes de cuello negro, ya no los veía solamente como parte hermosa del paisaje.

Pensaba también en la historia que había detrás de ese paisaje.

En lo frágil que puede ser un ecosistema.

Y en lo importante que es que existan personas dispuestas a defenderlo.


Cuatro días sobre el agua

Día 1 · Río Cruces · 8 de diciembre

Desarmamos las carpas temprano y nos fuimos hasta el lugar desde donde comenzaba el recorrido.

Foto: Pablo Lloncón

Después de un pequeño acto y de visitar el primer Fuerte, el Fuerte o Castillo San Luis del Alba, llegó finalmente el momento de poner los kayaks en el agua.

Primer día de la travesía.

Navegamos por un río ancho. El día estuvo nublado y, de a ratos, soplaba viento. El agua, en cambio, tenía una temperatura muy agradable.

Durante el recorrido aparecieron muchos pájaros: cisnes de cuello negro, gaviotines, garzas, pájaros siete colores y seguramente muchos otros que no llegué a identificar.

Disfruto de que el kayak me permita acercarme a estos lugares de una forma tan particular.


Un pequeño gran descubrimiento

En la playita donde paramos a almorzar había nenúfares.

Unas pequeñas plantas acuáticas con flores.

Yo había pensado que para verlas tendría que viajar hasta los Esteros del Iberá.

Y ahí estaban.

En medio de nuestra travesía.

Amé mal.

Obviamente, saqué fotos.

Al llegar a Estero Tambillo armamos las carpas. Irene nos esperaba con la “once”: sopaipillas con pebre.

¡Exquisitas!

Después vino una parrillada a la canasta preparada por algunos de los argentinos que participaban, acompañada por la degustación de distintos vinos que habíamos traído y una linda charla.

Y, como si el día todavía no hubiera tenido suficientes cosas, terminó con bailongo.

Foto: Pablo Lloncón


Día 2 · Rumbo a Valdivia

Al mediodía paramos para almorzar en un pequeño pueblo llamado Punucapa.

Había una feria costumbrista y aprovechamos para recorrerla y visitar también la iglesia del lugar.

En este tramo se sumaron unas chicas que navegaban en tablas de SUP y varias embarcaciones más, en lo que se hace llamar «tramo ciudadano».

Finalmente llegamos a Valdivia.

Y la recepción fue todo lo contrario de discreta.

La alcaldesa nos recibió «con bombos y platillos». Nosotros participamos desde nuestras embarcaciones.

Después nos fuimos a alojar a un camping urbano a la vera del río. Había duchas, comodidades y hasta wi-fi.

Algunos aprovecharon y salieron a tomar algo por Valdivia.

Yo estaba cansada.

Así que hice algo que también forma parte de viajar:

me quedé haciendo fiaca en la carpa.

Y estuvo perfecto.


Día 3 · Niebla

Partimos rumbo a Niebla remontando el Río Valdivia.

Llegamos a un mercado regional que estaba cerrado —solo funciona durante la temporada— y allí nos alojamos.

Dejamos los kayaks y salimos a pasear por Niebla.

Recorrimos la feria costumbrista, caminamos por la playa y disfrutamos un rato del lugar.

Después armamos las carpas debajo de un tinglado que formaba parte de los puestos de venta.


Día 4 · Del río al mar

El último día tenía un condimento especial.

El recorrido sería por la bahía de Niebla, en aguas de mar.

Tenía mucha expectativa.

Para mí era una experiencia nueva dentro de esta travesía: después de varios días navegando por el río, íbamos a salir al mar.

Nos acompañó una llovizna constante durante buena parte del recorrido.

En este tramo se sumó también un grupo de adolescentes con su profesor. Ellos habitualmente realizan salidas y se dedican a navegar.

Llegamos a la isla Mancera donde desembarcamos para conocer el Castillo de Mancera.

Después volvimos al agua y seguimos rumbo a Corral, donde culminaba la travesía.

Y nuevamente la llegada fue una fiesta.

Nos recibió el alcalde con música, palabras, un arco de llegada inflable, frutas y hasta una clase de zumba.

Recorrimos el último fuerte, el Fuerte Corral y tuvimos un rato para almorzar antes de encontrarnos nuevamente para subir al ferry que nos trasladaría, junto con los kayaks, nuevamente hasta Niebla.

Foto: Pablo Lloncón


La despedida

Los chicos quisieron hacer noche en una cabaña.

Después de tomar una ducha y unos mates, salimos a encontrarnos con el resto del grupo que había participado para hacer un brindis de despedida.

Pablo Lloncón, el fotógrafo que cubrió la actividad, proyectó las fotografías que había tomado durante toda la travesía.

¡Zarpadas!

Una más linda que la otra.

Y algunas tomas aéreas hechas con el dron eran sencillamente sublimes.

Fue un lindo momento para volver a recorrer mentalmente esos cuatro días.


Algunas cosas que volvieron conmigo

Al día siguiente, antes de emprender el regreso, pasamos por Pueblito Expediciones para comprar algunas cosas de equipo.

Pude conseguir un paddle float y algunas bolsas estancas de tela.

Pero entre todas las cosas que volvieron conmigo hubo una que no compré.

Eliet, una de las guías, me regaló su pequeña bolsa estanca celeste.

Ese regalo ocupa un lugar especial entre mis recuerdos de esa travesía.

Porque cuando una vuelve de una salida de varios días, no vuelve solamente con fotografías, mapas, y anécdotas.

También vuelve con amistades.

Con gestos.

Con encuentros.


Mucho más que remar

Siempre voy a estar agradecida por la generosidad de Mónica Fernández Serres y Alex Romero Hermoso de Chucao Kayak, y por el trabajo que hay detrás de la organización de una actividad de estas características.

Pero también por algo que considero especialmente valioso: generar espacios donde el kayak puede ser mucho más que una actividad deportiva.

Esta travesía me permitió conocer un territorio desde otra perspectiva.

Acercarme a sus pueblos y a su gente.

Conocer parte de su patrimonio natural y cultural.

Compartir con quienes viven allí.

Y, sobre todo, entender un poco más la relación entre el kayak, los territorios que recorremos y la necesidad de protegerlos.

El Santuario de la Naturaleza Río Cruces y Chorocamayo continúa siendo un área de enorme importancia para la biodiversidad de la región. Según CONAF, el cisne de cuello negro, especie emblemática del santuario, se encuentra en proceso de recuperación poblacional después del desastre ambiental de 2004.

Eso me hace pensar que cuando entramos al agua no estamos simplemente recorriendo un paisaje.

Estamos entrando en un ecosistema.

Y conocer su historia también debería formar parte de la experiencia.

El kayak puede ser una forma de viajar.

Una forma de conocer.

Una forma de encontrarse.

Y también una forma de aprender a valorar y cuidar los lugares que tenemos el privilegio de recorrer.

Para mí, esta travesía fue además una puerta.

La primera vez que crucé la cordillera para navegar.

La primera de muchas experiencias que todavía no sabía que vendrían.

Y quizás por eso quedó guardada en un lugar especial de mi corazón.


Epílogo · El regreso

Emprendimos el regreso por Río Bueno y Entre Lagos, esta vez sin pasar por Osorno.

Volvimos a Bariloche con los kayaks, el equipo, las fotos y todas las pequeñas historias de esos días.

Y yo volví con algo más:

la certeza de que había descubierto una nueva manera de viajar.

Y que quería seguir haciéndolo.

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